viernes, 19 de diciembre de 2008
viernes, 5 de diciembre de 2008
disneylandia

DISNEYLANDIA
El turismo de montaña constituye el 15-20% de la industria en todo el mundo, dando cuenta de un valor de 70.000-90.000 millones de dólares por año. Es vital para la conservación y el desarrollo de las regiones montañosas, y ha ofrecido oportunidades económicas loables a estas zonas antaño aisladas y escasamente desarrolladas. Mas también está convirtiéndolas en los “más grandes basurales del mundo”, Disneylandia en las alturas que tergiversan y explotan las culturas montañeses con escasa ganancia para sus habitantes. Caminos, aeropuertos, hoteles, comunicaciones y otros desarrollos de infraestructura están abriendo estas zonas al turismo masivo antes de que pueda tener lugar cualquier tipo de planeamiento racional o buena ordenación.
Los impactos del turismo sobre los ecosistemas y los recursos biológicos de la montaña son motivo de gran preocupación. Inmensos cambios en altitud y condiciones climáticas asociadas resultan en enormes variaciones en las temperaturas, los suelos y la vegetación, creando una rica diversidad de ecosistemas. Pero estas condiciones también imponen tensiones desmesuradas sobre los recursos naturales, exacerbadas por actividades humanas y desarrollo incontrolados.
El turismo no-ordenado puede ejercer un enorme impacto sobre medio ambientes montañosos sensibles, protegidos en el pasado de los efectos de alteración y disturbio por su misma lejanía y aislamiento. Puede conducir a la eliminación de su vegetación, la degradación de los bosques, disturbios para la fauna y flora silvestres, a la reducción de hábitats, y a una mayor incidencia de incendios de bosques y praderas. El turismo genera un alto volumen de desechos y basura, y las comunidades montañesas no están preparadas para procesarlos. Y las prácticas agrícolas sostenibles que solían fomentar la agrobiodiversidad, en vez de ello se dirigen hacia la satisfacción de las demandas del mercado turístico, creando un efecto en cadena de las pautas de cultivo, pérdida de productividad de los suelos y erosión del suelo, acabando en la destrucción de hábitats y ecosistemas.
Las regiones montañosas son depositarias de altas concentraciones de especies endémicas y depósitos vitales de diversidad genética. Son corredores críticos para animales migrantes y santuarios para plantas y animales cuyos hábitats naturales se han visto comprimidos o modificados por actividades naturales y humanas. La pérdida de tal diversidad biológica conlleva implicaciones ambientales, éticas, económicas y relacionadas con la salud. Muchas plantas que crecen a gran altitud, por ejemplo, poseen propiedades medicinales importantes para el bienestar de los habitantes de la montaña, y/o un valor económico potencial capaz de contribuir a mejorar las economías montañesas.
Por otra parte, las identidades y la diversidad cultural en las regiones montañosas también se hallan amenazadas por fuerzas económicas, sociales y medioambientales asociadas con el turismo de montaña. Culturas aisladas durante largo tiempo por terrenos accidentados de pronto son “materia de motivos” para turistas-fotógrafos. Conocimientos y habilidades refinadas a través de generaciones pierden valor frente a los deportes de montaña de alta tecnología y la demanda de hoteles con estándares de cinco estrellas. La pérdida de identidad cultural lleva al aumento de crimen y uso de drogas, y la degradación de los valores comunitarios y prácticas religiosas que antaño solían mantener unida la sociedad.
Es necesario que los habitantes de la montaña tengan voz y voto y puedan participar en la condición y el futuro de sus culturas. El turismo puede ofrecerles esto, dándoles el valor y el ingreso para mantener auténticas características culturales tales como arquitectura, danzas y canciones, alimentos, vestimenta, conocimientos históricos y artesanías. Las culturas montañesas bien conservadas pueden ser una atracción única para turistas, y la atención de personas de fuera puede fomentar el orgullo cultural y el deseo de restaurar el auténtico patrimonio cultural. Mas existe una línea divisoria muy tenue entre turismo cultural sostenible y explotación excesiva de la cultura. Equilibrarla con éxito exige la participación local y el compromiso hacia la autenticidad, equidad y manejo cuidadoso.
Debido a su aislamiento y limitado acceso, muchos habitantes que viven en zonas de montaña carecen de habilidades y recursos suficientes para poder hacer inversiones en el turismo o sacar importante beneficio de ellos. El turismo proporciona empleos y oportunidades de inversión, pero tiende a beneficiar hogares e inversores que ya poseen importantes bienes. Los beneficios que se derivan a las familias más pobres, sin educación, por lo general se limitan a empleos manuales de baja categoría, cierta producción agrícola y alimentaria, y ganancias mínimas obtenidas por laborioso trabajo artesanal. Las poblaciones locales que viven dentro y alrededor de las zonas de parques montañeses a menudo soportan las cargas del turismo, tales como el aumento de desperdicios, riesgos de seguridad e inflación, pero a cambio reciben muy poco beneficio del precio de entrada pagado por los turistas para muy necesario desarrollo local y conservación.
El turismo de montaña constituye el 15-20% de la industria en todo el mundo, dando cuenta de un valor de 70.000-90.000 millones de dólares por año. Es vital para la conservación y el desarrollo de las regiones montañosas, y ha ofrecido oportunidades económicas loables a estas zonas antaño aisladas y escasamente desarrolladas. Mas también está convirtiéndolas en los “más grandes basurales del mundo”, Disneylandia en las alturas que tergiversan y explotan las culturas montañeses con escasa ganancia para sus habitantes. Caminos, aeropuertos, hoteles, comunicaciones y otros desarrollos de infraestructura están abriendo estas zonas al turismo masivo antes de que pueda tener lugar cualquier tipo de planeamiento racional o buena ordenación.
Los impactos del turismo sobre los ecosistemas y los recursos biológicos de la montaña son motivo de gran preocupación. Inmensos cambios en altitud y condiciones climáticas asociadas resultan en enormes variaciones en las temperaturas, los suelos y la vegetación, creando una rica diversidad de ecosistemas. Pero estas condiciones también imponen tensiones desmesuradas sobre los recursos naturales, exacerbadas por actividades humanas y desarrollo incontrolados.
El turismo no-ordenado puede ejercer un enorme impacto sobre medio ambientes montañosos sensibles, protegidos en el pasado de los efectos de alteración y disturbio por su misma lejanía y aislamiento. Puede conducir a la eliminación de su vegetación, la degradación de los bosques, disturbios para la fauna y flora silvestres, a la reducción de hábitats, y a una mayor incidencia de incendios de bosques y praderas. El turismo genera un alto volumen de desechos y basura, y las comunidades montañesas no están preparadas para procesarlos. Y las prácticas agrícolas sostenibles que solían fomentar la agrobiodiversidad, en vez de ello se dirigen hacia la satisfacción de las demandas del mercado turístico, creando un efecto en cadena de las pautas de cultivo, pérdida de productividad de los suelos y erosión del suelo, acabando en la destrucción de hábitats y ecosistemas.
Las regiones montañosas son depositarias de altas concentraciones de especies endémicas y depósitos vitales de diversidad genética. Son corredores críticos para animales migrantes y santuarios para plantas y animales cuyos hábitats naturales se han visto comprimidos o modificados por actividades naturales y humanas. La pérdida de tal diversidad biológica conlleva implicaciones ambientales, éticas, económicas y relacionadas con la salud. Muchas plantas que crecen a gran altitud, por ejemplo, poseen propiedades medicinales importantes para el bienestar de los habitantes de la montaña, y/o un valor económico potencial capaz de contribuir a mejorar las economías montañesas.
Por otra parte, las identidades y la diversidad cultural en las regiones montañosas también se hallan amenazadas por fuerzas económicas, sociales y medioambientales asociadas con el turismo de montaña. Culturas aisladas durante largo tiempo por terrenos accidentados de pronto son “materia de motivos” para turistas-fotógrafos. Conocimientos y habilidades refinadas a través de generaciones pierden valor frente a los deportes de montaña de alta tecnología y la demanda de hoteles con estándares de cinco estrellas. La pérdida de identidad cultural lleva al aumento de crimen y uso de drogas, y la degradación de los valores comunitarios y prácticas religiosas que antaño solían mantener unida la sociedad.
Es necesario que los habitantes de la montaña tengan voz y voto y puedan participar en la condición y el futuro de sus culturas. El turismo puede ofrecerles esto, dándoles el valor y el ingreso para mantener auténticas características culturales tales como arquitectura, danzas y canciones, alimentos, vestimenta, conocimientos históricos y artesanías. Las culturas montañesas bien conservadas pueden ser una atracción única para turistas, y la atención de personas de fuera puede fomentar el orgullo cultural y el deseo de restaurar el auténtico patrimonio cultural. Mas existe una línea divisoria muy tenue entre turismo cultural sostenible y explotación excesiva de la cultura. Equilibrarla con éxito exige la participación local y el compromiso hacia la autenticidad, equidad y manejo cuidadoso.
Debido a su aislamiento y limitado acceso, muchos habitantes que viven en zonas de montaña carecen de habilidades y recursos suficientes para poder hacer inversiones en el turismo o sacar importante beneficio de ellos. El turismo proporciona empleos y oportunidades de inversión, pero tiende a beneficiar hogares e inversores que ya poseen importantes bienes. Los beneficios que se derivan a las familias más pobres, sin educación, por lo general se limitan a empleos manuales de baja categoría, cierta producción agrícola y alimentaria, y ganancias mínimas obtenidas por laborioso trabajo artesanal. Las poblaciones locales que viven dentro y alrededor de las zonas de parques montañeses a menudo soportan las cargas del turismo, tales como el aumento de desperdicios, riesgos de seguridad e inflación, pero a cambio reciben muy poco beneficio del precio de entrada pagado por los turistas para muy necesario desarrollo local y conservación.
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